Cuentos de oficina – ¡Al carajo!

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Además de mostraros las historias en las que trabajamos, queremos compartir con vosotros esos otros relatos y cuentos breves (con final) que surgen en nuestros ratos libres. ¡Al carajo! es una historia explosiva, donde los impulsos se enfrentan a la razón. Es, en definitiva, uno de esos cuentos de oficina que nos resultará muy familiar. Deseamos que os guste.

¡Al carajo!

Sin duda era el rojo más intenso que jamás había visto. Rojo y perfectamente redondo. Las tentaciones de tocarlo eran prácticamente incontrolables. Había llegado de repente. Una mañana, entró en su despacho y allí estaba, entre los papeles y bolígrafos que guardaba bajo llave en su cajonera. Lo había deseado e imaginado con todas sus fuerzas durante muchos años de trabajo forzoso, mal pagado y peor reconocido. Sin embargo, ahora que lo tenía tan cerca, la cosa cambiaba.

Desde el primer día del hallazgo, todas las mañanas repetía la misma operación. Cerraba la puerta del despacho, colgaba la gabardina en el perchero, se sentaba y abría el primer cajón. Seguía ahí, tan rojo y perfecto que no podía dejar de contemplarlo. A continuación, se miraba las manos. Limpias, suaves y con las uñas perfectamente pintadas de color carmín. Unas manos cuidadas es lo menos que podía ofrecer teniendo en cuenta la situación. Las apretaba durante unos instantes y después estiraba el dedo índice derecho. Lo bajaba muy lentamente hasta prácticamente rozarlo. Entonces, a solo dos centímetros, el dedo se tensaba y comenzaba a temblar espasmódicamente. ¿¡Por qué no podía hacerlo como tantas veces había soñado y pensado!? En su cabeza era tan sencillo… Un segundo y ¡al carajo!

En la mañana del séptimo día, se levantó pensando que lo mejor era olvidarlo. Había tenido la oportunidad y no lo había hecho. Eso tenía que significar algo. Quizá no todo fuera tan malo, quizá las cosas cambiaran para mejor. Y, desde luego, no todos debían pagar por los actos de un incompetente tirano. Sí. Se sintió mejor. Lo cogería y lo enterraría para que nadie lo encontrara jamás. Para celebrar su decisión, se puso su mejor vestido —rojo, por supuesto— y emprendió el camino a la oficina.

Nada más entrar sintió que algo no iba bien. Notó que la gente la observaba más de la cuenta. Podía ser por el vestido, que dejaba al descubierto sus largas y moldeadas piernas. Pero no. Descartó enseguida la idea. No era es tipo de miradas. Se parecían más a las miradas de pena y culpabilidad que la gente dedica a los condenados a muerte. Incluso su secretaria, siempre tan altiva y expresiva, le dio los buenos días en un susurro apenas entendible y con unos ojos escurridizos que no se despagaban de la moqueta.

Intentó abrir la puerta de su despacho, pero estaba atrancada. Era extraño porque ella nunca lo hacía. Cuando probó con la llave tampoco funcionó. No encajaba en la cerradura. Entonces apareció él. Siempre tan elegantemente vestido y con su hiriente sonrisa blanqueada tras varios años de caros tratamientos. La cogió delicadamente del brazo y le dijo que lo acompañara a un lugar más discreto.

Habló durante muchos minutos. No contamos contigo, bajo rendimiento, falta de compromiso, no te preocupes, entiéndelo, buena indemnización, oportunidades nuevas… Era incapaz de retener las frases y palabras de aquel hombre tan molesto. Iban y venían como un rayo que te hiere antes de que puedas darte cuenta. Sin embargo, había una idea que permanecía anclada en su mente, sin dejar espacio para nada más. Se centró en ella y se sintió mucho mejor. Entonces se esforzó en poner su sonrisa más dulce e inocente e incluso se las arregló para llorar, un llanto medido y controlado. Después, le agradeció lo mucho que había aprendido y crecido a su lado y con su mirada más resignada le pidió un único favor: recoger algunos objetos personales.

Allí estaba, en su despacho por última vez. Él estaba al fondo controlándola, pendiente de cada movimiento. Mientras tanto, ella se quitó lentamente la gabardina, la colgó en su perchero, se sentó en su ergonómica silla de cuero, abrió el primer cajón y respiró con alivio al encontrarlo ahí, tan rojo y brillante como siempre. Observó sus manos, perfectamente acicaladas, las apretó y extendió el dedo índice derecho como había hecho tantas otras veces. Esta vez no tembló. Lo bajó muy despacio, saboreando cada centímetro ganado. Posó el dedo con mucho cuidado para no ejercer más presión de la debida. Sintió su textura sólida y fría y se permitió acariciarlo. Miró hacia arriba, dedicó una dulce sonrisa a aquel hombre que la observaba y, por fin, lo pulsó. El botón rojo del apocalipsis se hundió hasta el fondo y el mundo se fue al carajo.

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