Cuento personalizado – El vuelo de la princesa

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La primera impresión de Naiara fue tal y como lo había imaginado miles de veces en su cabeza. Un gran edificio diáfano donde el eco transportaba el bullicio de cientos de chicos y chicas que deambulaban por los pasillos. Si te fiajabas bien, aquel aparante descontrol se convertía en una coreografía perfectamente orquestada donde cada uno sabía al dedillo cuál sería su siguiente movimiento. Porque si algo compartían aquellos universitarios primerizos es que tenían muy claro hacia donde se dirigían. Después de años de estudios y esfuerzos, los privilegiados que habían llegado a la universidad sabían exactamente por qué estaban ahí y qué querían conseguir. Naiara no era una excepción. Aquel primer paso en la facultad suponía el comienzo de un sueño que había tenido siempre. Desde que cumplió diez años, la pequeña Naiara no se cansaba de decir a sus orgullosos padres, Celso y Beatriz, que quería estudiar Derecho. Y allí estaba, solo unos años después, empezando a hacer realidad sus deseos.

Miró el reloj. Tenía tiempo de sobra hasta que empezara su primera clase de modo que decidió dar una pequeña vuelta para familiarizarse con aquel edificio que iba a convertirse en su segunda casa. Le gustaba aquel olor a papeles y libros nuevos. En cada esquina había alguien trasteando con el móvil o grupos de chicos conversando animadamente. La actividad era tan frenética que costaba fijar la mirada. Así estaba, moviendo la cabeza de un lado a otro, cuando de repente algo o más bien alguien chocó contra ella. O quizá ¿fue ella quien tropezó? Sea como fuere, Naiara acabó sentada en el suelo mientras observaba su bolso, volcado como si se tratara de un camión de cien toneladas esparciendo toda su ‘mercancía’ por el pasillo. Después de localizar sus objetos más valiosos con un rápido vistazo, miró hacia arriba. Un círculo de personas la rodeaban observándola detenidamente. Desde luego, aquella no resultaba la situación ideal para conocer a gente… Entre todos esos extraños, destacaba la figura de un chico moreno y alto que le sonreía a la vez que le tendía su mano derecha.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el chico.

Naiara lo observó. Tenía una atractiva sonrisa y unos ojos verdes realmente cautivadores. Quizá fuera por eso o por los nervios del momento, se levantó con una rapidez asombrosa ignorando el dolor punzante que sentía en su glúteo derecho.

—Sí, estoy bien —comentó sacudiéndose los pantalones—. No pensé que mi primer día de clase acabara en el suelo atropellada —sonrió.

—Perdona, ¿has dicho atropellada? —preguntó sorprendido— ¿Acaso no te has visto? Ibas como una kamikaze sin mirar a ningún sitio. Así que el atropellado debería ser yo, si no te importa —respondió aparentando una falsa indignación.

—Quizá deberíamos preguntar a los testigos antes de sacar conclusiones precipitadas, ¿no te parece? —se defendió Naiara buscando sin éxito el consenso de los curiosos que los rodeaban.

—Creo que nadie respalda tu versión de los hechos, princesita —replicó el muchacho.

Aquel extraño podía tener una sonrisa perfecta, pero su arrogancia era inaguantable.

—No me conoces de nada, así que te pediría por favor que no me llamases ‘princesita’. Si estás intentando hacerte el gracioso a mi costa, ya puedes buscarte a otra. Adiós —soltó Naiara mientras se daba la vuelta—. ¡Ah! Y la próxima vez, no te preocupes, intentaré atropellarte con más fuerza a ver si hay suerte y eres tú quien acaba en el suelo.

—Adiós… princesa —susurró el muchacho sonriente mientras la veía desaparecer en el tumulto.

Si algo no soportaba Naiara era la chulería, sobre todo si venía de un niñato al que solo le preocupaba aparentar. Intentó quitárselo de la cabeza y concentrarse en las clases. Era su prime dría de universidad y no iba a permitir que nadie se lo arruinase. Con esa determinación que la caracterizaba, se metió en el aula dispuesta a absorber conocimientos. Así pasaron las horas, rápidas y entretenidas.

Este es el comienzo de un cuento personalizado escrito para y por Naiara. Sus padres y su hermano querían regalarle algo muy especial en un momento muy especial: su graduación.

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