Cuento personalizado – Bajo el cielo de Castilla

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Este cuento personalizado es un regalo de una madre a su hijo para decirle que ella siempre permanecerá a su lado. Castilla y León, Burgos y el pequeño pueblo de Villasilos componen el escenario perfecto para dejar aflorar los sentimientos. Por supuesto, no podía faltar el Camino de Santiago y un curioso caminante.

Bajo el cielo de Castilla

Blanca se encontraba en la cocina. Habían terminado de comer y Juan había aprovechado para salir al pequeño jardín de Villasilos mientras su madre terminaba de recoger los platos.

A Blanca le encantaba estar con su hijo y verlo feliz. No hacía mucho, Juan había pasado una mala racha de esas que se clavan en el corazón, pero ahora volvía a sonreír. Y eso a Blanca la llenaba de alegría. Aunque sus fuertes caracteres chocaban en más de una ocasión, ambos sabían de la predilección que sentían el uno por el otro. En los malos momentos estaban ahí, dispuestos a ayudarse y a pelear contra el mundo si hiciera falta.

—Juan, ¿qué quieres que haga mañana de comer? —preguntó Blanca desde el umbral de la puerta.

—No sé, mamá. ¿Acabamos de comer y ya me estás preguntando por mañana? Porque no te sientas aquí conmigo y te relajas un poco —contestó Juan mientras saboreaba el humo de uno de sus vicios favoritos.

—Pero mañana es tu cumpleaños y vienen tus amigos. Necesito saberlo por si hay que comprar algo. Las cosas bien hechas necesitan tiempo y preparación —explicó Blanca.

—¿Y si nos vamos a comer fuera? ¿Por qué no organizamos alguna excursión y nos llevamos unos bocatas? —sugirió Juan.

—¡Anda! ¡Unos bocadillos! ¿En tu cumpleaños? Hombre, no es que nos sobre el dinero, pero para un menú algo más trabajado tenemos —comentó Blanca sonriente.

—Si no es por la comida, es por hacer algo distinto todos juntos. Podría estar bien —argumentó Juan.

—Bueno, vale. Es tu cumpleaños y tú mandas. Excursión y bocatas. ¿Has pensado algún sitio al que ir?

—¿Y si vamos a la Fuente de los Pisones? Ya sabes, la que está junto al Camino de Santiago. Podríamos acercarnos luego con la perra para ver cómo está el sitio —propuso Juan.

—Bueno, no parece mal plan. A ver si baja un poco el sol y nos vamos para allá a inspeccionar —comentó Blanca.

Aquel día estaba siendo uno de los más calurosos del año en la provincia de Burgos, y Villasilos no era ninguna excepción. El termómetro amenazaba con alcanzar los 38 grados y no corría ni una brizna de aire que aliviara el cuerpo. Al mirar por la ventana, la postal que se contemplaba era la de un pueblo fantasma del Lejano Oeste, minutos antes de que el villano retara a vida o muerte al sheriff del condado entre un silencio espectral. Desde luego, aquel que se aventurara a pisar el asfalto a esas horas tendría que enfrentarse al sol abrasador en un peligroso duelo que seguramente acabaría perdiendo. Por eso, antes de realizar cualquier movimiento, convenía esperar a que la noche llamara a la puerta…

… Y, por fin, después del letargo de las horas de siesta, la oscura dama llegó.

—¿Nos vamos a la fuente? —preguntó Blanca.

—Por supuesto, conduzco yo —dijo Ju

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